sábado, 20 de octubre de 2012

Vidas mecánicas

El miércoles comí con unos compañeros en uno de los múltiples restaurantes de pizzas que se encuentran afuera de la Universidad (sí, para aumentar mis kilitos de más, y qué), y la verdad es que pasé un momento muy agradable. No puedo evitar sentirme culpable por no haber ido en los más de cuatro años que llevo asistiendo a esa noble institución (por mis kilos de más la única que se siente culpable es mi báscula), porque por unos pesos me divertí y pasé un buen rato sin necesidad de caer en los lugares comunes del antro de moda o la red social aséptica y políticamente correcta. El punto fundamental es que estamos mecanizando a tal punto nuestras vidas que nos olvidamos de todas las prácticas culturales que nos permiten generar una auténtica comunidad para poder enfrentar la crudeza de la vida moderna.  No sólo hay que buscar la integración de profesionales o de vecinos buscando intereses comunes, sino que debemos buscar la generación de auténticas redes sociales que permitan apoyar al individuo frente a una sociedad cambiante y hasta cierto punto amenazadora.
A pesar del uso de las redes que ha traído como gran beneficio la comunicación inmediata de los individuos a tal punto de que, querámoslo o no, la voluntad es el único motivo que puede separar a dos personas (y a veces ni siquiera eso es suficiente, como bien saben los ociosos y ociosas que se la pasan espiando a quien no deben); lo cierto es que también estas herramientas han alejado muchísimo a las personas que se encuentran muy cerca y con las que convivimos diariamente. Basta mirar a los jóvenes en las preparatorias prefiriendo mil veces la comunicación por teléfono celular o computadora que platicar en vivo con la persona, aunque los separe una distancia tan mínima como una mesa de distancia. Y claro, la tendencia no tiene únicamente que ver con los jóvenes: las exigencias cada vez más extenuantes y absurdas del mercado laboral hacen que los trabajadores raras vez convivan entre ellos a pesar de que quizá compartan el mismo espacio laboral durante años e incluso décadas, y los rituales de la familia cada vez más pausados y estereotipados. Probablemente le debamos a la crisis económica, política y social que impide reuniones gracias a la inseguridad, los bajos salarios y la pérdida de espacios urbanos.
¿Qué podemos hacer al respecto? Gracias a la experiencia de la pizzería sin duda lo primero que me vendría a la mente es tener valor y enfrentar todos los obstáculos reales que tenemos para poder encontrarnos con otro ser humano. Yo entiendo lo difícil que puede ser gracias a mi carácter tímido y las exigencias prácticamente absurdas de mi carrera, pero convivir con los que realmente nos importa nos da experiencias que podemos valorar en el futuro y que también mejoran nuestra salud. Y es que no debemos olvidar que redes sociales fuertes apoyan a los individuos mejorando su salud cardiovascular y para enfrentar de mejor manera el duelo, el estrés y el enfrentamiento a las enfermedades terminales. Yo los invito a convivir con las debidas precauciones y rebelarnos frente a nuestra cultura imperante, a demostrar que todavía estamos vivos y no encerrarnos del todo en el cómodo aislamiento que la tecnología nos brinda. Y si van a beber brindan por mí. 

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