Cronos se nos queda mirando con sus ojos salvajes y ansiosos. Come a uno de sus hijos a quien le ha arrancadlo la cabeza y de quien queda el torso desnudo y ensangrentado del decapitado. No deja de ser enormemente perturbador el semblante del Titán, casi diciéndonos que nosotros somos las siguientes víctimas.
Y es que la relación antropofágica entre el tiempo y la muerte no ha sido abordado lo suficiente. Cronos nos consume en la imagen en toda su oscuridad y enorme brutalidad, donde el arte conmueve por su terrible honestidad: a todos el tiempo habrá de consumirnos, porque todos somos hijos de Cronos.
A diferencia de las pomposas alegorías de la muerte, el tiempo ha pasado enormemente más discreto en la historia del arte, casi reducido a objetos. Goya nos muestra al verdadero monstruo en todo su poder y horror, siempre sediento se sangre y rodeado por la oscuridad más absoluta.
Nos gustan las representaciones de las calaveras catrinas porque nos son familiares. Lidiar con la imaginería de la muerte nos es familiar y podemos enfrentarlo. Todavía nos perturba el retrato de Goya, el espejo de la humanidad: el tiempo nos devora a todos.
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