domingo, 21 de octubre de 2012

Contra la lectura

Hace poco hacíamos un ejercicio en clase: contábamos la cantidad de horas que pasábamos a la semana en redes sociales. Aunque no recuerdo los números la conclusión era que en promedio se podía leer un libro al mes con todo ese tiempo. Los números son incontrovertibles, pero la premisa de fondo es fundamental: ¿es mejor leer libros que pasar el tiempo en las redes sociales? Sin duda la respuesta es negativa, y hay que analizar las razones por las cuáles llego a esta conclusión. 
Para empezar debemos dejar a un lado la hipocresía institucional y social que afirma como dogma que la lectura es un acto con muchas virtudes y que no puede ser sustituido por ninguna otra actividad. Gracias a esa actitud tenemos adolescentes leyendo de manera obligatoria el Quijote lo cual es en sí mismo un acto aberrante. Antes de cualquier otra consideración la lectura debe ser un acto de placer para todos aquellos que no se dedican a las letras (los que nos rompemos la cabeza intentando hilar unos cuántos párrafos coherentes tenemos una responsabilidad muy distinta), y por tanto cualquier consigna a favor de la obligatoriedad de la lectura proviene de prejuicios culturales que no llevan a ninguna parte. Y esta impostura es todavía más hipócrita cuando se opone a la lectura el uso de las redes sociales, satanizándolas y descartando su potencial cultural de inmediato. 
¿Qué beneficios reales tiene la lectura? Sin duda el nivel de ejercicio imaginativo que propone es sin lugar a duda mejor que cualquier otra opción que nos pueda venir a la cabeza, pero el hecho mismo de imponer la lectura acaba con esta posibilidad. La posibilidad de ampliar el vocabulario y el aprendizaje de las correctas reglas gramaticales también puede enseñarse a partir de la lectura de blogs y de otras estrategias que tal vez son más limitadas que la lectura pero son más populares entre los estudiantes. Y la reflexión sobre la condición humana que hacen las grandes obras maestras también puede hacerse desde los otros medios si se seleccionan adecuadamente las películas, los programas de televisión y el resto de las expresiones culturales. 
¿Por qué leemos tan poco? Porque la lectura una vez que se ha pasado por las aulas es un acto de individualidad, prácticamente una herejía en nuestra cultura de consumo. Comprar un libro y leerlo es codificar y exponer nuestros gustos, fantasías y anhelos, nuestra actitud hacia la vida y cómo nos gusta interpretarla a diario. Un problema real es que las personas que no leen tienden a ser indiferentes o inclusive intolerantes con las opiniones de los demás, y prefieren leer únicamente aquellas obras donde su ideología y gusto se ven reflejados, rechazando cualquier otra expresión. Pero no es imponiéndonos como disciplina la lectura como podemos mejorar esta situación. 
Las redes sociales fomentan otra clase de diversiones y habilidades. La capacidad de síntesis, el humor, el uso de metáforas visuales y la reflexión sobre la vida cotidiana impera en los comentarios de la red, y son aún más relevantes si proviene de gente que nos importa sentimentalmente o por los cuáles tenemos una admiración personal. Podrá ser Shakespeare el gran maestro de las pasiones humanas, pero jamás se comparará a nivel personal con aquellas palabras que dejó en su muro aquella personita especial o nuestro mejor amigo. El nivel de integración social que exige nuestro tiempo requiere más de la información que encontramos en las redes sociales que la que podemos encontrar en los clásicos. 
¿Esto quiere decir que no debemos leer? Por supuesto que no. Lo que digo es que la lectura en ningún caso debe ser fomentada como una actividad cultural con un valor intrínseco mejor que cualquier otra. Los autores de todos los tiempos deben defenderse por sus propios méritos, y sus lectores deben de llegar por sus propios medios. La sensibilidad es una cuestión de búsqueda, como ha sido siempre; lo único que ha cambiado en nuestros tiempos es la capacidad de acceder a las nuevas y las viejas lecturas, que dejan por primera vez en la historia a juicio de las personas qué leer y cómo hacerlo. 
Las estrategias de fomento a la lectura son deprimentes y equivocadas. No hay peor enemigo de la lectura que la lista de lecturas sugeridas de la SEP para el curso de Español. El educador, como el crítico literario, deberían de ser facilitadores de argumentos y virtudes de los textos; el lector es el último que decide con base en sus gustos y posibilidades qué leer y cuándo hacerlo. De esta manera ya no se parte de una actitud autoritaria basada en prejuicios, sino en una discusión entre iguales donde la lectura se incorpora a la vida del individuo. 
Y no debemos olvidar que la vida moderna no da grandes espacios para la lectura. Los textos requieren de tiempo y concentración, probablemente un lápiz y marcatextos, y de una posición cómoda para poder realizar la actividad. Tiempo y concentración con nuestra carga de trabajo son lujos que no todos nos podemos dar y que tenemos que sustituir con la televisión e inclusive con música los más afortunados. Por tanto agobiar con culpas a los que no pueden leer porque el viernes ya no pueden ni siquiera mantener los ojos abiertos y que prefieren prender la televisión es una posición prejuiciosa que no sirve ni para fomentar la lectura ni para ayudar al prójimo; son simplemente pretextos para molestar a los demás. 

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