Hamlet es una de las obras cumbre de la literatura inglesa por su capacidad para poder proyectar los miedos de los seres humanos, por mostrar la crudeza de la lucha por el poder y la hipocresía del resguardo de los valores en un mundo en crisis, de la imposibilidad de un amor puro y de una amistad sincera en medio de tanta inmundicia y la tragedia de un joven que no puede sustraerse de toda esa corrupción. Pero a veces olvidamos que, ante todas las cosas, Hamlet es una historia de fantasmas.
A diferencia de otras obras de Shakespeare, donde es la decisión de los mismos personajes los que finalmente provocan la tragedia (los celos de Otelo, el amor de Julieta, la ambición de Macbeth), en esta obra es el fantasma del pasado (entendido de muy diversas formas, desde un recuerdo persistente que se niega a desaparecer hasta un auténtico espectro de la otra vida) es el que ordena a Hamlet que vengue su muerte. Es verdad que Hamlet pudo negarse a la petición, quedando la duda de cómo su razón pudo haberse visto comprometida aún más ante esa decisión, pero el dramaturgo decide no seguir por ese camino. La pregunta fundamental de la obra es qué tanto es posible la libertad humana ante los actos de los demás que al final terminan marcando nuestro propio destino.
¿Cómo podemos entender al fantasma del Rey Hamlet? Podemos verlo en el Dios de los profetas bíblicos, que en contra de su voluntad tuvieron que predicar a Israel sobre sus crímenes y ofensas a Dios (basta recordar a Job dentro de la ballena, a Jeremías quejándose en sus lamentaciones o a las excusas de Amós al considerarse un simple pastor). Podemos escucharlo en el Corazón Delator de Poe o en el Cuervo, donde la conciencia de lo sucedido termina por arrojar a los personajes a la desesperación. También podríamos verlo en los fantasmas de Scrooge, donde Dickens maneja con gran maestría las visiones de la vida de un hombre ambicioso y sin escrúpulos que ha arruinado poco a poco su vida y la vida de los demás. En estos y muchos ejemplos los fantasmas juegan el rol visible de la conciencia de los personajes, donde sus actos terminan por marcar su destino, para bien o para mal.
Sin embargo, el caso de Hamlet es muy particular, ya que los actos que marcan su destino son justo posteriores a su nacimiento. Es en este estado de cosas, del cual el personaje no tiene ninguna culpa ni responsabilidad, en el cual su muerte se desarrolla por un motivo muy particular: es una injusticia la usurpación del trono por parte del tío de Hamlet, y esa iniquidad debe ser vengada por el heredero. Probablemente los motivos del príncipe de Dinamarca ya nos son muy ajenos, pero el tema sigue estando presente: el pasado marca nuestras vidas de manera que ni nosotros mismos a veces queremos aceptar.
A veces son las decisiones de nuestros padres o nuestros abuelos las que no nos dejan continuar nuestro camino por el presente por sus errores, a veces son nuestros mismos actos los que marcan la imposibilidad de lograr aquello que deseamos o aquello que marca nuestros temores, a veces son los daños o los beneficios que nos hicieron los demás lo que marca nuestro sentido en la vida. El significado de los hechos nos va marcando poco a poco, querámoslo o no, y deshacernos de las faltas, las culpas y los errores a veces están más allá de nuestras propias fuerzas, como estaban en Hamlet.
Sin duda el aspecto más atemorizante de la obra no es el fantasma en sí mismo, sino aquello que significa: que el pasado nos marca para siempre.
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